Redacción Farmacosalud.com
Las previsiones apuntan a que en 2050 aproximadamente la mitad de la población mundial sufrirá miopía y que un 10% de esas personas desarrollará un grado alto de dicha alteración ocular, caracterizada por la dificultad de ver con claridad los objetos lejanos. Uno de los problemas asociados a la miopía se centra en las teorías mal entendidas acerca de la prevención o freno de la afección, tal y como explica Silvia González, optometrista del Hospital Universitario Los Madroños (Brunete, en Madrid): “si tuviera que escoger una de esas teorías, quizá sería la que dice que hay que dejar las gafas para miopía con menos corrección, con menos dioptrías de las que realmente tiene el paciente. Así el ojo tiene que forzar para ver y la miopía no crece. Es totalmente al contrario: dejar una miopía con graduación escasa favorece su progresión”.
“También se ha hablado mucho sobre los ejercicios visuales para frenar la miopía -prosigue González en declaraciones a www.farmacosalud.com-. Yo creo que la terapia visual es muy efectiva para otro tipo de indicaciones, pero no existe evidencia de que evite el crecimiento de la longitud axial”, que es uno de los problemas añadidos que pueden padecer los miopes y que pueden suponer un empeoramiento general de su visión.

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Desprendimiento de retina, desprendimiento de vítreo posterior…
Así las cosas, la miopía se ha consolidado como una de las patologías visuales con mayor crecimiento en los últimos años y como una preocupación creciente para los sistemas públicos de salud. Más allá del ámbito de la corrección visual, la miopía puede tener consecuencias relevantes a nivel sanitario, económico y psicológico. En sus formas más avanzadas, las complicaciones oculares asociadas pueden ser graves e incluso comprometer la visión. Además, el aumento progresivo de pacientes con miopía alta supone una importante carga asistencial, lo que refuerza su consideración como un problema de salud pública de dimensión global.
Las complicaciones de la miopía están vinculadas con el incremento excesivo de la longitud axial del ojo, tal y como ya se ha indicado anteriormente. “Existen casos en los que el ojo crece en exceso haciendo que los tejidos sean más vulnerables. La complicación más conocida es el temido desprendimiento de retina, pero hay otras como el desprendimiento de vítreo posterior, la maculopatía miópica o el agujero macular. Si bien todas ellas afectan a la parte posterior del ojo, la zona que particularmente es más vulnerable es la mácula, zona de la retina que se encarga de la visión central”, detalla la optometrista.
“Los pacientes miopes también son más propensos a padecer glaucoma, una enfermedad del nervio óptico caracterizada por la pérdida progresiva del campo visual periférico. La afectación de la visión en algunos casos puede ser muy grave, llegando incluso a desembocar en una ceguera”, advierte.

Silvia González
Fuente: Hospital Universitario Los Madroños / agencia Mil Millones
7 claves para frenar el avance de la miopía
En este contexto, desde el Hospital Universitario Los Madroños se insiste en la necesidad de actuar de forma precoz. Hay 7 claves para entender la miopía y frenar su avance:
1. La infancia es el momento clave para prevenir
El ojo crece desde el nacimiento hasta aproximadamente los 7-8 años. En algunos casos, este crecimiento es excesivo, lo que provoca que los tejidos oculares se estiren y se vuelvan más frágiles, lo que favorece la aparición de complicaciones. “Si no intervenimos en la infancia, cuando se produce el desarrollo ocular, es mucho más difícil frenar la progresión de la miopía en etapas posteriores”, remarca González mediante un comunicado.
2. Detectarla no siempre es fácil: el entorno escolar es clave
El principal síntoma es la dificultad para enfocar objetos lejanos. En niños, esto suele traducirse en problemas para ver la pizarra, una señal que en muchas ocasiones detectan antes los profesores que las propias familias. El menor muchas veces se adapta a la visión defectuosa y no es consciente del problema, lo que retrasa su detección. Por eso el entorno escolar juega un papel fundamental en la identificación precoz de la alteración.
3. Genética, entorno y hábitos: una combinación determinante
El riesgo de desarrollar miopía aumenta cuando uno o ambos progenitores son miopes, especialmente en casos de miopía alta, dado que en esas circunstancias el niño parte de una mayor predisposición. A este factor se suman el entorno y el estilo de vida, que tienen un papel cada vez más relevante.
4. Más tiempo al aire libre, menos riesgo
Está demostrado que las actividades al aire libre pueden reducir el riesgo de desarrollar miopía hasta en un 50%. Por ello, se recomienda que las personas en edad pediátrica pasen entre 40 minutos y dos horas al día en espacios exteriores. “La exposición a la luz natural y mirar a larga distancia actúan como factores protectores frente al desarrollo de la miopía”, comenta la experta.

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5. La regla 30/30/30 y los hábitos visuales marcan la diferencia
El actual estilo de vida favorece los entornos visuales cercanos, con un uso creciente de dispositivos electrónicos y actividades realizadas de cerca. Para disminuir su impacto, se recomienda adoptar hábitos visuales adecuados. Según la optometrista, “seguir la regla 30/30/30 implica leer a más de 30 cm, descansar cada 30 minutos y mirar a lo lejos durante al menos 30 segundos”. Además, “disponer de una buena iluminación y evitar distancias excesivamente cortas puede ayudar a reducir la sobrecarga visual. Son medidas sencillas que pueden influir en la evolución de la miopía”, subraya.
6. Existen tratamientos para frenar su progresión
Los tratamientos actuales están orientados a frenar el crecimiento excesivo del ojo. El objetivo no es sólo corregir la visión, sino evitar también que la miopía evolucione hacia formas más graves que puedan comprometer la salud ocular. Los protocolos se adaptan en función de la edad, la presencia de factores de riesgo y el grado de miopía en el momento del diagnóstico. Entre las opciones disponibles se encuentran el uso de gotas oftálmicas, lentes de contacto de uso diario o nocturno y cristales específicos para gafas diseñados para ralentizar la progresión de la patología.
7. La prevención y la información son clave
El abordaje de la miopía debe ir más allá del tratamiento. La prevención, el diagnóstico precoz y la educación en hábitos visuales son fundamentales para reducir su impacto. “La miopía no es sólo un problema de ver mal de lejos, sino una condición ocular que puede evolucionar si no se controla adecuadamente”, insiste la especialista.
¿Si un ojo es miope y el otro no, la visión del ‘bueno’ compensa la del ‘malo’?
¿Por cierto, por qué hay miopes que sufren la alteración en un ojo pero no en el otro, o bien presentan más dioptrías en un ojo que en el otro? “Lo más habitual es que ambos ojos sean parecidos, pero no siempre es así -contesta González-. En ocasiones los ojos pueden tener diferentes cantidades de miopía, por lo que puede ocurrir que un ojo sea miope y el otro no, o incluso puede que el otro ojo sea hipermétrope. Este trastorno se llama anisometropía y puede llegar a ser muy incómodo dependiendo de la diferencia dióptrica que exista entre ambos órganos oculares”.
“Se suele decir que la visión del ojo ‘bueno’ compensa la del ‘malo’ porque con los dos ojos abiertos vemos bien, pero en realidad no existe una compensación real. Lo ideal es que ambos ojos lleven su corrección dióptrica correspondiente… aunque si la diferencia es considerable, esto no siempre es posible, siendo más tolerable en esos casos la adaptación de lentes de contacto”, manifiesta la optometrista.




