Redacción Farmacosalud.com
El Consejo de Ministros de España ha aprobado el primer Marco Estratégico Estatal de Soledades (2026-2030), una estrategia que permite establecer un marco común para abordar la prevención de la soledad no deseada ‘de manera transversal en todas las etapas de la vida’, informa la Moncloa. La Plataforma de Mayores y Pensionistas (PMP) valora positivamente la iniciativa, si bien la efectividad real de este plan “dependerá menos del documento y más de su implementación”, señala el presidente de la PMP, Jesús Norberto Fernández. “Un marco estratégico es una hoja de ruta; el éxito vendrá determinado por la financiación, la coordinación multinivel y la capacidad de traducir los ejes en políticas concretas en barrios, pueblos y ciudades”.
Norberto Fernández destaca, en esta línea, que hay varios obstáculos que se interponen entre las buenas intenciones del Marco validado y la aplicación de medidas que posibiliten dar soluciones a las personas aquejadas de falta de acompañamiento: “existe todavía falta de evidencia sobre el impacto de políticas a gran escala; persiste una fragmentación territorial que puede generar desigualdades, y no contamos aún con un consenso absoluto sobre cómo medir la soledad de forma homogénea”.

Jesús Norberto Fernández
Fuente: PMP / Ilunion
-¿Por qué la soledad no deseada ha dejado de ser un problema de la Tercera Edad y ahora se habla de 'prevención de la soledad' 'en todas las etapas de la vida'?
Cuando hablamos de soledad no deseada, durante mucho tiempo se tendió a asociarla casi de manera automática con lo que antes se denominaba la ‘tercera edad’. Permítame hacer aquí un pequeño matiz: esa expresión (la Tercera Edad) ha quedado claramente superada. Hoy vivimos más años y, sobre todo, vivimos esos años de forma mucho más diversa y activa. La longevidad ha cambiado el significado mismo de envejecer, de manera que reducir esta etapa a una categoría homogénea ya no refleja la realidad.
Lo que hemos comprobado en los últimos años es que la soledad no deseada no entiende de edades. Afecta a personas mayores, sí, pero también a jóvenes, a adultos en plena etapa laboral, a personas con discapacidad, y a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad o cambios vitales significativos. De hecho, los análisis más recientes muestran que hay picos importantes de falta de acompañamiento en etapas muy distintas del ciclo vital.
¿Qué ha cambiado? Han cambiado profundamente nuestros modos de vida y nuestras formas de relacionarnos. Hemos pasado de sociedades con estructuras familiares extensas y redes vecinales sólidas a entornos más individualizados. Hoy es más frecuente vivir solo, cambiar de ciudad o de país por motivos laborales, tener trayectorias vitales menos lineales… esa movilidad y esa autonomía tienen aspectos positivos, pero también implican una mayor fragilidad de los vínculos. A esto se suma la digitalización de las relaciones. Estamos hiperconectados, pero no siempre estamos verdaderamente acompañados. Las redes sociales y la comunicación instantánea no sustituyen el contacto humano profundo, la pertenencia a una comunidad, el apoyo mutuo cotidiano. En algunos casos, incluso pueden intensificar la sensación de aislamiento.

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También influyen factores económicos, de salud y de desigualdad. La precariedad, las dificultades para acceder a recursos, la discriminación o la falta de accesibilidad generan barreras para la participación social. Y esas barreras pueden aparecer a cualquier edad. Por eso, desde la Plataforma de Mayores y Pensionistas insistimos en que ya no podemos abordar la soledad como un problema sectorial o limitado a un grupo etario. Hablamos de prevención de la soledad en todas las etapas de la vida porque entendemos que es una cuestión estructural que tiene que ver con cómo organizamos nuestras ciudades, nuestros tiempos, nuestros servicios y nuestras relaciones.
La clave está en fortalecer los entornos comunitarios, promover la participación social y garantizar apoyos adecuados en los momentos de transición vital -la juventud, la maternidad o paternidad, la jubilación, la pérdida de un ser querido-. La soledad no deseada no es simplemente estar solo; es sentirse desconectado, no contar con apoyos significativos. Y esa experiencia puede atravesar cualquier biografía. En definitiva, hemos pasado de ver la soledad como una cuestión asociada exclusivamente a la vejez a entenderla como un reto colectivo de cohesión social. Y ese cambio de mirada es, en sí mismo, un avance.
-Según la Moncloa, la nueva 'estrategia tiene como objetivo impulsar que se construya un tejido comunitario que sirva de red a quienes viven una situación de soledad no deseada, creando entornos de proximidad en los que participar, desde una perspectiva inclusiva, y luchar contra la discriminación teniendo en cuenta factores como la edad, el género o la discapacidad'. ¿Qué efectividad real cree que tendrá el nuevo programa estratégico?
Creo que lo primero que hay que decir es que España necesitaba un marco estratégico de estas características. Durante años hemos tenido iniciativas valiosas, pero dispersas y desiguales según el territorio. La aprobación del Marco Estratégico Estatal de Soledades 2026-2030 supone, por fin, reconocer que estamos ante un asunto estructural que afecta a la cohesión social y que debe abordarse como una prioridad de país. Desde la PMP lo valoramos positivamente. Es un avance significativo porque sitúa la dimensión relacional como un pilar del bienestar, al mismo nivel que la salud, el empleo o la vivienda. Además, introduce una mirada transversal, intergeneracional y sensible a factores como el género, la discapacidad o el territorio. Ese enfoque es acertado, porque la falta de acompañamiento no responde a una única causa ni afecta a un único grupo.

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Ahora bien, si me pregunta por su efectividad real, le diré que dependerá menos del documento y más de su implementación. Un marco estratégico es una hoja de ruta; el éxito vendrá determinado por la financiación, la coordinación multinivel y la capacidad de traducir los ejes en políticas concretas en barrios, pueblos y ciudades. Hay elementos muy relevantes. Por ejemplo, la apuesta por integrar la perspectiva de las soledades en todas las políticas públicas -salud, urbanismo, vivienda, empleo- es clave. También lo es el fortalecimiento del tejido comunitario, la detección temprana y el acompañamiento de proximidad. Y, desde luego, la creación de un sistema común de indicadores que permita medir prevalencia, brechas socioeconómicas, participación social o apoyo percibido. Sin evaluación rigurosa, no hay política pública eficaz.
Desde la PMP hemos participado activamente en el proceso de consulta institucional en el marco del Consejo Asesor realizando aportaciones que han contribuido a enriquecer distintos ejes del documento. Una vez aprobado el Marco por el Consejo de Ministros, analizaremos con detalle su desarrollo para formular propuestas concretas de cara a la fase de implementación.
Asimismo, confiamos en poder seguir contribuyendo a través de nuestra participación en la Mesa Interinstitucional impulsada por el Ministerio, convencidos de que una gobernanza verdaderamente multiactor -que integre a las Administraciones públicas, el Tercer Sector, la academia y a las propias personas con experiencia vivida- será un elemento clave para garantizar resultados efectivos y sostenibles.
También debemos ser claros: el propio documento reconoce retos importantes. Existe todavía falta de evidencia sobre el impacto de políticas a gran escala; persiste una fragmentación territorial que puede generar desigualdades, y no contamos aún con un consenso absoluto sobre cómo medir la soledad de forma homogénea. Un punto especialmente sensible es el ámbito rural y los territorios despoblados. Si el marco no se adapta con medidas concretas -mejora de la movilidad, reducción de la brecha digital, servicios itinerantes, activación de redes vecinales-, corremos el riesgo de que el lugar de residencia siga marcando diferencias en la vivencia de la falta de acompañamiento.
En definitiva, el Marco Estratégico es un instrumento necesario y bien orientado. Pero es un punto de partida, no de llegada. Su verdadera efectividad dependerá de que logremos convertir esta hoja de ruta en políticas públicas tangibles que refuercen el tejido comunitario, reduzcan desigualdades y mejoren la vida de las personas mayores y del conjunto de la ciudadanía. Porque hablar de bienestar relacional como derecho democrático es un paso adelante; garantizarlo en la práctica es el verdadero desafío.
-¿Desde la Administración pública se están asumiendo responsabilidades que corresponderían a familiares o a entornos afectivos / de amistad de las personas afectas de soledad no deseada?
La Administración pública no está para sustituir a las familias ni a las redes afectivas; su papel no es reemplazar vínculos, sino garantizar derechos y generar condiciones que hagan posible la conexión social. Es decir, la soledad no puede interpretarse como un ‘fallo’ familiar. Como decía antes, nuestra estructura social ha cambiado profundamente: familias más reducidas, mayor movilidad geográfica, precariedad laboral y jornadas extensas que dificultan la conciliación. En muchos casos no se trata de falta de compromiso, sino de límites objetivos. Y no todas las personas cuentan con una red cercana en la que apoyarse.

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Lo que sí corresponde a los poderes públicos es asegurar que nadie quede desprotegido por esa realidad. Eso significa impulsar servicios de proximidad, entornos accesibles, transporte adecuado, espacios comunitarios, políticas de vivienda y apoyos cuando hay situaciones de dependencia o vulnerabilidad. Estas medidas no sustituyen el afecto; lo que hacen es crear el marco para que pueda sostenerse.
Desde la PMP defendemos una idea clara: el bienestar relacional es una responsabilidad compartida. La familia y la comunidad son pilares fundamentales, pero el Estado debe garantizar que, cuando esos pilares son frágiles o insuficientes, existan apoyos públicos que eviten que la soledad se convierta en exclusión. Hablar de corresponsabilidad es más útil que plantearlo como una sustitución.
-¿La pobreza es la única compañera, en muchos casos, de la soledad no deseada?
No, la pobreza no es la única compañera de la soledad no deseada, pero sí es uno de los factores que más la agravan y la cronifican. La soledad es una experiencia relacional, pero está profundamente condicionada por factores estructurales. Sabemos que la clase social, el género, la discapacidad, el territorio o el estado de salud influyen no sólo en el sentimiento de soledad, sino también en las posibilidades reales de poder afrontarla y salir de ella.
Permítanme poner un ejemplo muy concreto. Imagine tener 75 años y vivir de alquiler. Cada año pendiente de una posible subida de la renta. Con una pensión no contributiva que apenas permite cubrir los gastos básicos: poner la calefacción sólo un par de horas al día en invierno y, desde luego, sin margen para actividades culturales, transporte frecuente o espacios de ocio que faciliten la socialización. Imagine además que vive en un cuarto piso sin ascensor, con problemas de movilidad. Salir de casa no es una decisión sencilla, es un obstáculo físico diario. Si a eso se le suma la ausencia de una red familiar cercana -o bien hay la presencia de familiares pero con empleos precarios y jornadas interminables que apenas pueden conciliar-, el aislamiento no es solo emocional: es material.
En esas condiciones, hablar de ‘participar en la comunidad’ se convierte en algo casi retórico. Las oportunidades de relacionarse, de desarrollar intereses, de mantener autonomía social y personal se ven muy limitadas. Y ahí es donde la desigualdad pesa. Sabemos, asimismo, que las mujeres mayores presentan mayores tasas de soledad no deseada. Muchas han tenido trayectorias laborales más intermitentes, pensiones más bajas y mayores cargas de cuidados a lo largo de su vida. Eso repercute en su autonomía económica y en su red relacional en la vejez.
Lo mismo ocurre con personas que viven en entornos rurales despoblados o en barrios con escasos recursos comunitarios. Por tanto, la pobreza no explica todos los casos de soledad, pero sí condiciona enormemente la capacidad para afrontarla. No es lo mismo sentirse no acompañado teniendo recursos económicos, buena salud y acceso a transporte, que hacerlo en un contexto de precariedad, barreras arquitectónicas y fragilidad social.

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Desde la PMP insistimos en que la soledad no deseada no puede abordarse únicamente con respuestas individuales o emocionales. Requiere políticas públicas que disminuyan las desigualdades estructurales, es decir, requiere vivienda accesible, ingresos suficientes, servicios de proximidad, entornos urbanos amigables y apoyo comunitario real.
Porque la soledad no es únicamente la ausencia de compañía; muchas veces es la consecuencia de una acumulación de desventajas que limitan la posibilidad misma de estar en relación con los demás.




