
Jesús G. Maestro
Fuente: HarperCollins
Jesús G. Maestro, catedrático y autor del libro ‘El fracaso de la felicidad’ (HarperCollins): Jesús G. Maestro es profesor de Universidad especializado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y ha trabajado como teórico y crítico de la literatura y como editor y traductor. Es también autor de dos obras de referencia: ‘Crítica de la razón literaria’ (2017-2022, 20 vols.) y ‘Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI’.
Redacción Farmacosalud.com
«Este libro no es un consolador, sino un dispositivo para pensar de forma diferente y original. No alivia, analiza. Es una ortiga en tu cerebro. No predica resiliencias ni dopajes afectivos. Su método es el bisturí y su marco la dialéctica. ¿El objetivo? La demolición de la felicidad como timo y como instrumento del totalitarismo emocional contemporáneo. De la felicidad y de todo lo que la precede y consensúa […] Lo contrario de la felicidad no es la desdicha ni la infelicidad: es la inteligencia». Meridianamente alejado de tapujos, complejos y toda suerte de cortapisas moralizantes, Jesús G. Maestro presenta su ensayo ‘El fracaso de la felicidad’ con ánimo de rendir homenaje a la libertad de expresión y también con un sano propósito: el de invitar a la reflexión impúdica.
-Según el Diccionario de la Lengua Española (RAE), la felicidad es un ‘estado de grata satisfacción espiritual y física’. ¿Está de acuerdo?
El diccionario se construye a partir de lo que dicen los hablantes, no de lo que deciden los académicos, aunque ellos crean que deciden algo. Estar o no de acuerdo con lo que hacen en ese club es totalmente irrelevante. Sea como fuere, en efecto, esa es la primera acepción que el diccionario de la Academia registra, pero hay dos acepciones más. La segunda remite al uso que se puede aplicar del término felicidad a determinadas personas o instituciones, como afirmar, por ejemplo, ‘mi mujer es mi felicidad’ o ‘mi trabajo en la universidad no es mi felicidad’. La tercera acepción, finalmente, remite a cualquier tipo de vivencia o hecho exento de adversidad, o incluso determinado por algo gratificante, desde una ‘feliz Navidad’ hasta un ‘feliz viaje’ a los infiernos, por ejemplo.
De todos modos, el diccionario es una obra que recoge solamente el sentido que los hablantes dan a las palabras, es decir, un sentido lexicográfico, pero no explicita el significado que esas mismas palabras pueden tener dentro de una especialidad determinada, como pueda serlo la medicina, la geometría, la religión o la filosofía. Piénsese, por ejemplo, que en literatura, en poesía, las palabras adquieren un significado que no está en ningún diccionario. En la literatura las palabras significan más de lo que esas mismas palabras dicen en los diccionarios.
Un error muy frecuente consiste en creer que un diccionario dice lo que son los vocablos más allá de los límites del propio diccionario. La palabra ‘felicidad’, como la palabra ‘libertad’, por ejemplo, no significan lo mismo en química o en derecho que en literatura o mecánica cuántica. El diccionario sólo habla en términos lexicográficos.
Además, afirmar que la felicidad es un estado espiritualmente gratificante o agradable implica aceptar que hay espíritus, lo cual ya resulta bastante cómico. ¿Son felices los espíritus? Habría que preguntárselo a los académicos que, siéndolo de la lengua, hablan de los espíritus de este modo. Yo me pregunto también si algunos de estos académicos tienen contactos con espíritus, y cómo establecen con ellos tales contactos. Si los espíritus son felices, sería interesante que nos informaran al respecto.
-¿Es posible alcanzar la felicidad, ser felices?
Perfectamente, pero no de cualquier manera; desde luego, no confiando en las falsas promesas. Hay que desconfiar de quien promete la felicidad. La felicidad no se promete, ni se vende ni se compra. Se alcanza identificando errores, para no caer en ellos. Y para identificar y evitar errores que te cuesten la vida es imprescindible disponer de conocimientos y pensamiento crítico. Y disponer, sobre todo, de libertad. Sin libertad, no hay felicidad. Una sociedad no puede prometer la felicidad y, a la vez, limitar o proscribir la libertad. Los políticos actuales hablan más de felicidad que de libertad, y esto resulta muy sospechoso.
Lo mismo hacen los profesores. Y eso es aún más peligroso, y lo es hasta límites irracionales. Un profesor no puede prometer la felicidad. No es competencia suya hacer felices a sus alumnos: debe hacerlos inteligentes. Reemplazar la inteligencia por la felicidad es propio de una sociedad cuyo objetivo no es la libertad, sino la sumisión de sus ciudadanos. En este contexto, la felicidad es un simulacro de la estulticia. Y las personas felices no tienen por qué ser tontas. Antes al contrario: se es feliz porque se sabe vivir sin preocupaciones, o resolviéndolas.
-¿En qué momento uno descubre que no es feliz después de creer firmemente que ha alcanzado -aunque sea fugazmente- ese estado de «grata satisfacción espiritual y física»?
En el momento en que se desengaña, es decir, cuando reconoce el error o la trampa: la mentira. Sin embargo, hay personas que no se desengañan nunca. El desengaño consiste en ver más allá de las apariencias, en desconfiar de la realidad y de sus promesas falsas. El desengaño implica dos hechos muy importantes: en primer lugar, ser consciente de que nos han engañado, o de que han estado a punto de hacerlo, y, en segundo lugar, de que hay que buscar y encontrar una salida a ese engaño, y no naufragar en él.

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Hay que sobrevivir a la adversidad, al fracaso, a la depresión, es decir, a los problemas de la vida real. Hay individuos que nunca son conscientes del engaño en el que viven. Otros, siendo conscientes, no son capaces de encontrar una salida. Incluso hay quien, habiéndola encontrado, no dispone de recursos propios para superar determinados obstáculos y librarse de la tiranía de la felicidad, o de cualesquiera otros vicios u obsesiones. Imaginemos que una persona busca la felicidad en el abuso del alcohol. Tal cosa no es un camino para ser feliz, sino para todo lo contrario, derivado de un problema de salud que conviene subsanar. La felicidad no consiste en ‘disfrutar’ del abuso de adicciones.
-¿El trabajo dignifica y nos hará libres?
El trabajo nos permite ganar dinero. Nada más. Nada menos. Se trabaja para ganar dinero, no para ser feliz. Buscar la felicidad en el trabajo significa no saber ni lo que exige el trabajo ni lo que realmente es la felicidad. En primer lugar, el trabajo ni siquiera nos da libertad. Todo lo contrario: nos priva de ella a cambio de dinero. En todo caso, una ocupación laboral nos permite ‘comprar’ la libertad bajo determinadas condiciones. Trabajo es lo que se hace por dinero. Lo que se hace por gusto no es trabajo (tiene otros nombres, nombres propios, según la naturaleza de la actividad que se desarrolle).
Por supuesto, esto no significa que no haya personas que puedan decir, libre y sinceramente, que les gusta su trabajo. ¡Qué remedio les queda! Pero tal afirmación no deja de ser una declaración de cortesía o un acto de conformidad, o incluso de humildad social, porque si el mismo trabajo lo hicieran sin cobrar su nómina, dejaría de gustarles de inmediato. Lo que advierten es que les gusta su empleo por lo que reciben a cambio, sustancialmente dinero, y acaso secundariamente reconocimiento, motivación, liderazgo, amor propio satisfecho, etc., junto con otras monsergas por el estilo muy de moda en estos tiempos.
El voluntariado, por ejemplo, es una forma de esclavitud disfrazada de supremacismo moral. La gente se ‘siente bien’ ejerciendo el voluntariado, pero sólo si puede contarlo o exhibirlo; si no, el voluntariado resulta menos ‘atractivo’. Todo voluntariado contiene una dosis importante de narcisismo comunal. Si el voluntario se siente bien -bien pagado, sobre todo de narcisismo (porque si cobra con dinero entonces ya no hay voluntariado)-, el mercado, que no tiene que pagar ese trabajo realizado voluntariamente, se siente mucho mejor por el dinero que se ahorra.
El trabajo no nos hace libres: nos permite recibir un dinero a cambio de nuestro tiempo y de nuestro esfuerzo. Con ese dinero, cada cual hace lo que puede, lo que sabe o lo que la vida le permite. Los más inteligentes, con ese dinero, compran su libertad. El esclavo trabaja a cambio de que no lo maten, y así se paga la vida cada día. El trabajador lo hace para ganar un dinero que le permita sobrevivir. Con todo, vamos hacia un mundo en el que las diferencias entre el trabajador y el esclavo resultan cada día más difíciles de observar. Sólo hay un amo: el mercado.
El mercado promete la felicidad y la vende por dinero… como un fármaco cuyo consumo genera una adicción creciente. La felicidad, en este contexto, es el fármaco de la ansiedad. En lugar de saciarla o sofocarla, la intensifica.
-En su libro se lee: «La felicidad es un fantasma. Y como toda criatura fantasmagórica, resulta decepcionante. Sólo sirve para asustar a los niños. A los de antes, porque ahora no los intimida ni el mismo diablo». ¿Tiene la población infantil de hoy en día la oportunidad de librarse de la felicidad artificial?
La población infantil siempre me dio mucha pena. Hoy, también. Hoy, en realidad, me causa más pena que nunca. La infancia siempre es víctima de los prejuicios de los adultos, y sufre las consecuencias de los experimentos ideológicos y maniáticos de cada generación de padres, pedagogos y políticos, que elucubran con preocupantes sistemas educativos y atormentan a cada generación de niños de formas, a mi juicio, muy truculentas.
Los métodos y contenidos educativos de los últimos años dan como resultado un crecimiento industrial y exponencial de enfermedades mentales y trastornos de personalidad entre los más jóvenes. Esto es una crueldad. Se dice que estamos ante una generación de niños hiperprotegidos. Yo afirmo todo lo contrario: nunca la infancia ha estado tan atrozmente desprotegida.
Y lo está porque, en primer lugar, nadie la protege de un peligro nefasto: el uso de los móviles y el acceso a lo peor de internet y sus redes sociales. Nadie los protege de esto*. En segundo lugar, no puede decirse que se protege a la infancia cuando la educación a la que los adultos someten a los niños es una educación sin contenidos valiosos, sin datos importantes que memorizar, sin exigencia de estudio y formación intelectual.

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La neotenia** intelectual es la divisa de la educación actual y posmoderna: en todos los niveles, desde la guardería hasta la universidad. No cabe mayor desprotección a la infancia que privarles de conocimientos útiles, primero, y exponerlos a continuación a lo peor de los contenidos de internet. Lo más irónico es que los mismos adultos que hacen esto se califican a sí mismos de hiperprotectores de la infancia. Un mundo al revés. Los niños siempre han sido víctimas de los prejuicios de los adultos. Y los adultos de hoy, a mi juicio, dejan mucho que desear en materia de educación y formación intelectual. Hoy los adultos imparten una educación totalmente infantilizada.
*Nota del redactor: esta entrevista se realizó antes de que el Gobierno español manifestara su intención de prohibir el acceso a los menores de 16 años a las plataformas digitales
**Nota del redactor. Neotenia: persistencia de caracteres larvarios o juveniles después de haberse alcanzado el estado adulto
-En su ensayo se habla de «mascotización» de los humanos y de «humanización» de los perros. ¿El mundo al revés?
A mi juicio, sí, porque vivimos en un mundo al revés en múltiples aspectos y escenarios. Hoy se valora más, en determinados contextos, tener un perro que tener un niño. La demografía canina urbana crece sin límites, mientras que la demografía humana se extingue, y en las zonas más rurales ha desaparecido casi por completo. La gente no quiere tener hijos y sí quiere tener perros. Esto es un hecho que no se puede discutir, porque cada cual puede tener lo que quiera. Pero que no se pueda discutir, ni negar, no significa que no se pueda interpretar. Y la interpretación es que la gente está más cómoda con un can que con un bebé, por infinitas razones.
No es casualidad que se elija al perro como mascota, dada su docilidad. No se elige a un caimán, por ejemplo. Por otro lado, la relación del ser humano con animales que le proporcionan felicidad suele limitarse a un determinado tipo de animal, sobre el que el ser humano proyecta mimo y cariño, porque el propio humano carece de él. Este animal, el animal elegido, es el perro, y no una cacatúa, por ejemplo. El ser humano se refugia en su relación con animales mascotizados, que no son cualesquiera animales (ya digo que nadie tiene un proboscidio como mascota), porque le ofrecen seguridad y sumisión, y una sensación de control, dominio y poder que los niños no satisfacen.
Los chiquillos no crecen, como humanos que son, para obedecer. Un animal mascotizable, sí. Y el perro lo es singularmente. Por lo común, tampoco se tiene como mascota a una gallina o a una mantis religiosa. La ociosidad urbana se compensa con el cuidado de animales cuya utilidad es emocional, pero no laboral. Insisto en que nadie tiene como mascota una vaca o una cabra (no hay que confundir a la legión con el vecino del quinto). El perro no da leche, no pone huevos y no se consume para fines comestibles. La idolatría que los hindúes profesan a la vaca, nuestra sociedad la profesa al perro. Su función es totalmente terapéutica y reemplaza hoy el lugar que antaño ocupaban los niños. No digo nada nuevo, es pura obviedad.
Los peques ya no dan la felicidad. Hoy la felicidad la dan los perros. Y en este sentido, los seres humanos se convierten, a su vez y sin saberlo, en mascotas de un mercado al que se subordinan más de lo que su propia conciencia les permite asumir y reconocer. Los cánidos son, junto con las promesas de felicidad, uno de los anzuelos más suculentos del mercado. Son los animales más seductores de las democracias occidentales.
-Hablando de mercantilismo… usted también sostiene que la felicidad es como un espejismo creado por el mercado, las ideologías y las religiones para controlar a las masas. ¿Así pues, vivimos en una especie de Matrix (mundo virtual que domina la voluntad del ser humano sin que éste se dé cuenta), al que podría llamársele perfectamente FeliciMatrix?
Sin duda, por supuesto. Y es muy rentable económicamente. El dinero es la razón de ser de ese ‘matrix’. La felicidad es un deseo incumplido, una ansiedad tremenda promovida por el cine, la publicidad, las redes sociales, la televisión, la psicología misma, o las frases de autoayuda, que no ayudan a nadie porque son frases de autoengaño que se consumen como placebos, y que sólo conducen a un laberinto en el que es imposible encontrar la felicidad, porque la felicidad misma no habita en ningún laberinto.
La felicidad consiste en tener salud, y en saber cuidarla, no en perderla buscando un timo llamado ‘felicidad’ que, en realidad, si se tiene salud, ya se posee. ¿Hay algo más satisfactorio y feliz que vivir sano? ¿Hay algo mejor que tener salud? Con frecuencia, la salud mental se pierde mucho antes que la salud física propiamente dicha, pues mucha gente joven sufre problemas de ansiedad, depresión y tentativas de suicidio, cuando su cuerpo, joven, está totalmente exento de muchas de las enfermedades que se manifiestan inevitablemente con la vejez.
-Sin ir más lejos, uno de los capítulos de su libro se titula «¿por qué nuestra sociedad es una incubadora de enfermedades mentales?»...
Nuestra sociedad es una incubadora de patologías mentales porque se ha sustituido la realidad de la vida humana tradicional por un mundo inhabitable, dominado por ilusiones tóxicas, espejismos letales, engaños muy maliciosos y todo un cúmulo de falsas promesas. Se ha reemplazado la educación científica por prejuicios ideológicos y se ha sometido al ser humano a condiciones de vida totalmente inhumanas, que se presentan como benignas, cuando en realidad son todo lo contrario. Se promete una felicidad que conduce al fracaso de la vida, y esa es la felicidad que denuncia este libro: el fracaso de la felicidad prometida por la serpiente del paraíso.
Si yo hubiera de señalar un problema, acaso el más grave de todos, como causa del fracaso de una vida humana saludable, diría que ese problema es el que induce al ser humano a no saber relacionarse con otros seres humanos. El objetivo de la mayor parte de las ideologías actuales consiste en impedir que las personas se relacionen entre sí, para que de este modo no puedan establecer ningún tipo de unión, alianza o relación de solidaridad. El ser humano aislado e incomunicado es absolutamente débil y vulnerable.
En nombre de ideologías intocables, se ha enfrentado a las mujeres contra los hombres, como si los unos fueran unos monstruos malignos, perversos y degenerados, que sólo piensan en el sexo para maltratar al prójimo. Se ha enfrentado a los caseros con los inquilinos, como si todos los inquilinos fueran unos delincuentes y unos ‘okupas’, o como si todos los caseros fueran unos depredadores financieros. Se ha enfrentado a los milenaristas contra los búmeres, como si los más jóvenes fueran unos vagos o unos incompetentes y los más viejos unos trabajadores ejemplares o unos avariciosos que acapararan insolidariamente toda la riqueza habida y por haber. Miremos a donde miremos, se ha sembrado la discordia entre los seres humanos: la discordia bipolar.

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El resultado de todo esto es que la gente se mata entre sí sin necesidad de que nadie los mande a morir en la guerra (cosa que la Europa actual tampoco descarta respecto a los más jóvenes). Y la vida así organizada (o desorganizada, según se mire) es imposible porque el mundo resulta inhabitable. Una sociedad no puede vivir en estas condiciones sin enloquecer. Cuando alguien siembra la discordia de este modo, deberíamos preguntarnos hasta qué punto nos beneficia lo que nos dice y lo que nos hace. Porque promover una sociedad así es hacer mucho daño a todos y cada uno de los seres humanos que forman parte de dicha sociedad.
-¿Tras leer su nueva obra, el lector puede que salga deprimido por la dureza de las revelaciones que allí se explicitan, o bien saldrá reforzado por haber obtenido respuestas a ciertos interrogantes éticos y morales?
Deprimido sale quien no es capaz de superar las exigencias de la vida y de la realidad a la que se enfrenta. De la lectura de mi libro no se sale deprimido: se sale desengañado. Dicho de otro modo: se sale más y mejor preparado para enfrentarse a la realidad de la vida. Y se sale desengañado porque mi libro no deprime, sino que identifica el error y la trampa: previene la frustración. Deprimen quienes nos conducen al fracaso, prometiendo una felicidad que no existe. Desengaña quien informa a su prójimo de las trampas que les tiende un impostor.
La labor de un profesor, y un profesor es lo que yo soy, consiste en desengañar a la gente para que, usando el conocimiento, eviten caer en trampas que les hagan fracasar en la vida. Por eso la educación debe estar orientada al desengaño, y no al engaño, como actualmente lo está. El engaño es lo que nos deprime, porque no nos ofrece ninguna salida. El desengaño, sin embargo, nos permite identificar el error y sobrevivir a él.
-¿Vale la pena intentar ser infeliz, en contraposición a la felicidad impuesta?
La infelicidad es el resultado del fracaso de la felicidad. Este libro es un manual destinado precisamente a evitar este fracaso, es decir, a evitar la infelicidad. Hay que vivir sin idealismos y sin autoengaños. Hay que enfrentarse a la realidad, hacerse compatible con ella y sus exigencias, y saber relacionarse con todo tipo de seres humanos, empezando por nuestros enemigos y adversarios, que son los que mejor nos informan de todo. No obstante, no conviene confundir a los enemigos o adversarios con los idiotas o los bobos que molestan, los cuales no sirven para nada.
La mejor forma de cuidarse y de preservar la salud es enfrentarse a la adversidad, es decir, vivir normalmente, sin hacer nada en particular, porque la adversidad viene sola. Sólo así se preserva la felicidad, por paradójico que resulte. De espaldas a la realidad no se puede ser feliz, simplemente porque hay que vivir en la realidad del oasis, aunque cueste encontrarlo en medio del desierto de la vida, y no en la mentira del espejismo, que cualquiera nos puede prometer.
La felicidad no está en las promesas de los timadores. La felicidad está en nuestra capacidad para hacernos compatibles con la realidad. Y eso es lo único que garantiza nuestra salud, base de una vida feliz: neutralizar al adversario y saber convivir con él.




